Traductor -Translate

Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de enero de 2015

61. UNA NUEVA REALIDAD.


Quedan cuatro días para que terminen mis vacaciones.
La novela está acabada, sólo me falta releer todo el texto por si tengo que hacer alguna corrección. Aunque, supongo que después El Editor se encargará de hacer y deshacer a su antojo.
Amanda no tuvo su final feliz, aunque he dejado la puerta abierta por si hubiera posibilidad de escribir una  segunda parte.
A fin de cuentas, soñar es gratis.
Esta mañana estaba fisgoneando en la casa vecina, donde el otro día atisbé a alguien pintando sobre un lienzo.
El Pintor, al pillarme infraganti, me ha hecho un gesto con la mano para que me acercara.
Nos hemos presentado y, muy amablemente, me ha invitado a tomar un té frío.
El Pintor es un anciano, aunque a lo lejos no parecía tan mayor. Es alemán.
Con un acento germano muy peculiar –en una mezcla de castellano y mallorquín- me ha contado que vive en Formentera hace más de tres décadas.
Cuando he sentido la confianza suficiente, le he preguntado si podía ver lo que estaba pintando. No ha tenido ningún inconveniente.
He imaginado que en el lienzo podría encontrarme plasmada cualquier cosa; el mar, el cielo estrellado, algo abstracto, un autorretrato… Lo que no me hubiera imaginado nunca es lo que realmente he visto.
Ahí estaba Mi Hijo conmigo, ambos sentados en el balancín del porche, abrazados, contemplando el mar.
La pintura me ha transmitido una ternura infinita. Tanto, que sin darme cuenta mis lágrimas han salido a flote.
El Pintor dice que disfruta cuando hay inquilinos en la casa vecina. Suelen convertirse en su inspiración.
Me ha conducido a su estudio, dentro de la casa, para enseñarme otros cuadros, en los que aparecen; una pareja de enamorados, niños jugando, una mujer llorando… Y así varias decenas de pinturas realizadas a lo largo de las tres últimas décadas, en las que ha estado aposentado en esa casa.
Ha sido un encuentro muy conmovedor.


Mientras Mi Hijo y Mi Madre se echan la siesta, yo prefiero ir a darme un baño a la playa. Siento que se me escapa el tiempo y lo quiero aprovechar al máximo.
A estas horas el sol pega bien fuerte. La ventaja es que no hay nadie en los alrededores.
Me embadurno bien de protector solar, aunque mi piel ha adquirido en estos días un bronceado espectacular.
A continuación cubro mi cuerpo únicamente con una túnica de gasa.
Camino hasta la playa, son unos cien metros de sol abrasador, me desprendo de la liviana tela y me adentro en ese mar turquesa y sosegado.
Nado, floto, buceo, hasta que me siento cansada.
Casi estoy llegando a la orilla cuando diviso a El Corredor. Él también me ve, se detiene y me saluda con la mano.
¿Ahora qué hago? Porque voy en pelotas.
Decido hacerme la naturista y salgo del agua como si nada, esperando que el tono bronceado de mi rostro no delate el rubor que me abrasa las mejillas.
-Aquí no hay ningún faro.- Le digo, dejándome caer en la arena.
-Se te ha olvidado el traje de baño.- Me dice con una sonrisa de medio lado.
-Y a ti las zapatillas de deporte.
-También se puede correr descalzo.
Entablamos un diálogo de metáforas e indirectas que termina en risas.
-¿Te vienes al agua? Me asusta nadar solo.
-Vale, pero sólo es por verte el culo.
-Yo si llevo bañador.
-Pues que te coma un tiburón.
Se despelota riendo a carcajadas y corriendo se adentra en el agua.
No puedo resistir la tentación de hacer lo mismo. Me refiero a correr hacia el agua, porque despelotada ya estoy.
Es inevitable que al poco rato nuestros cuerpos estén enredados.
-¿Aquí hay medusas?- Le pregunto aferrándome a su cuerpo.
-Estás como una cabra.- Me dice, callándome con un profundo beso.
Mi cuerpo, mi mente  y mi todo se abandonan a esta experiencia marítima tan inesperada como placentera.
Nadamos un rato más, ahora envueltos en un silencio ensordecedor.
-¿En qué piensas?- Rompe el silencio él.
-En que dentro de cuatro días volveré a la realidad.
-¿Y eso es malo?
-Eso es una incógnita para mí. En los últimos años las pesadillas y los dulces sueños se han alternado con demasiada frecuencia.
-¿Y ahora mismo dónde estas?
-En un dulce sueño.
-Si quieres podemos intentar convertirlo en una nueva realidad.
Ya no sé que contestar, siento que el corazón se me para.

lunes, 22 de septiembre de 2014

45. DÉJÀ VU.

El Vancuverita y yo preferimos no perder el tiempo. Si volvemos andando a casa de mi hermana tardaremos unos diez minutos, si cogemos la línea dos del Metro en el  Banco de España unos quince. Eso suponiendo que no lo tengamos que esperar, para poder subir, unos diez minutos más.
Decidimos que mejor vamos andando, además a paso ligero. Ya no tanto por las prisas de nuestro instinto carnal, como por la lluvia que ha comenzado a caer.
Esto parece un déjà vu de mi paso por Vancouver. Con la diferencia de que esta vez mi camiseta no es blanca.
Esta vez es la camiseta de Afrodita-A que me regaló mi hermana.
El Vancuverita me lleva de la mano para que no me quede atrás. Como es tan alto, cada una de sus zancadas equivale a dos de las mías.
Casi hemos llegado al portal del edificio en el que vive mi hermana, cuando mi pie se cuela en un socavón que hay en la acera encharcada y caigo de bruces.
Me levanto al doble de la velocidad a la que he caído. El sentido del ridículo otorga una fuerza poderosa.
El agua mugrienta no me ha dejado de muy buen ver y la rodilla derecha me duele a rabiar, pero ahora mismo, lo que yo quiero, es subir a casa más que cualquier otra cosa.
- Go, go! Estoy bien, en serio. – Le digo con la mejor sonrisa que puedo poner a causa del dolor y la vergüenza.
- Sure?
- Si.
Entonces me levanta en peso, me carga en su hombro como si fuera un saco de patatas y me lleva hasta el ascensor entre sus risas y mi pataleo.
Hay una señora dentro que nos mira con cara de ajo seco.
Intento recuperar la compostura, alisándome la camiseta y sacudiéndome el agua sucia desde los pechos de Afrodita-A hasta mi cintura.
Por suerte, nosotros nos bajamos del ascensor antes que la señora. Antes de que le dé algo.
Mientras él intenta acertar con la llave en la cerradura –espero que esto no sea premonitorio-, me da por pensar en el punto en el que Amanda se quedó con el morenazo.
Pero El Vancuverita por fin consigue abrir la puerta y mis pensamientos respecto a lo que Amanda decida o no hacer con el moreno se desvanecen, eso se quedará para después, porque yo tengo muy claro lo que quiero hacer con éste. Y por lo que veo –cuando El Vancuverita empieza a tirar de Afrodita-A hacia arriba-, éste también tiene claro lo que quiere hacer conmigo.
Lo dejo que me vaya desnudando a tirones mientras vamos de camino al baño.
Ni loca voy a dejar que me toque más allá de lo decente sin pasar antes por debajo del grifo de la ducha.
Me encantan las reformas que mi hermana ha hecho en este piso, porque una ducha tan amplia da mucho juego en un momento como este.
Creo qe el Gressite de la pared de la ducha va a permanecer marcado en mi trasero durante un buen rato.
Después de agotar todas las posibilidades de movimiento que nos ha dado la ducha, nos trasladamos a la habitación de El Vancuverita.
Más pausadamente, ahora sí, nos entretenemos el uno en el otro.
Ha salido el Sol y desde la ventana podemos ver un arcoíris inmenso.
Me pongo triste de repente, todo parece demasiado irreal, me giro para que él no se dé cuenta, ofreciéndole mi espalda para que me haga caricias.
No puedo evitar pensar en que mañana se acabará todo.
- Tienes daño en la rodilla.- Me dice este hombre a la vez que pasa sus labios sobre ella.
Verdaderamente me he hecho un buen raspón al caerme en la calle y el moratón está asegurado.

Me está curando cuidadosamente -ya sentados  y recompuestos en el sofá del salón-, cuando se oye la cerradura de la puerta de entrada.
Mi hijo entra como un torbellino, intentando explicarme en una milésima de segundo todo lo que ha visto y todo lo que ha hecho a lo largo del día en el Zoo. Entonces la felicidad vuelve a reflejarse en mi cara.