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lunes, 19 de enero de 2015

62. LA MISMA VIDA.



Exprimí al máximo mis últimos días en Formentera.
Como ya había terminado la novela, las mañanas se las dedicaba a Mi Hijo y a  Mi Madre.
Les estuve enseñando muchos de los rincones que yo había descubierto gracias a La Buceadora.
También fuimos al faro de La Mola y le conté al peque alguna historia sobre faros de las que me había contado El Corredor.
Por las tardes me tomaba el café con El Pintor y posaba un rato para él.
Aunque prefiere captar a sus modelos desprevenidos, quiso hacerme un retrato como regalo por nuestra incipiente amistad.
Después quedaba con El Corredor y paseábamos por la playa o nos reuníamos con La Buceadora y el resto del grupo.
La despedida de todas esas personas resultó durísima.
Aunque hemos hecho planes para volver a vernos y sé que será así.
A mi regreso, fui a ver a El Editor. Le entregué la novela terminada. Estará en las librerías en unos meses. Ya se ha iniciado la campaña para su promoción.
Todo me parece tan irreal, que siento como si lo viviera desde fuera de mi misma, como mera espectadora.
El Corredor también volvió a su trabajo y vida cotidiana. Mantenemos contacto a diario ¡bendita tecnología!
Decidimos tomarnos lo nuestro con calma, ver cómo evoluciona.
Personalmente, hace años que no me sentía tan ilusionada.
Actualmente sigo en mi trabajo de siempre.
De momento todo son proyectos, así que es mejor tener los pies en la tierra para no elevarme más alto de lo recomendable, por si hubiera de bajar de golpe.
Mi Hijo ha empezado el nuevo curso con muchas ganas. Hace los deberes sin que le tenga que decir nada y me habla con alegría de su día a día en el colegio.
En cuanto a los asuntos pendientes con El Contrario, estoy a la espera de que salga la sentencia del recurso de apelación que finalmente –y como era previsible- presentó, al no estar conforme con mi absolución.
Supongo que si la Audiencia Provincial se ratifica en la sentencia de primera instancia, buscará otro “motivo” por el que pasearnos por los juzgados.
Igual, cuando por fin se publique mi novela, le da por demandarme solicitando derechos de imagen, alegando que él es Serafín.
He decidido vivir cada día como si fuera el único.
A lo largo de estos últimos años he aprendido a ser fuerte y valorar todo lo que tengo, que no es poco.
Un hijo maravilloso por el que luchar cada día, una familia unida en la que siempre encontraré amor incondicional y amigos de los de verdad.
Ahora cuando alguien me diga aquello de “no sé cómo puedes” sabré qué contestar... Que si volviera a nacer, elegiría vivir la misma vida.



lunes, 12 de enero de 2015

61. UNA NUEVA REALIDAD.


Quedan cuatro días para que terminen mis vacaciones.
La novela está acabada, sólo me falta releer todo el texto por si tengo que hacer alguna corrección. Aunque, supongo que después El Editor se encargará de hacer y deshacer a su antojo.
Amanda no tuvo su final feliz, aunque he dejado la puerta abierta por si hubiera posibilidad de escribir una  segunda parte.
A fin de cuentas, soñar es gratis.
Esta mañana estaba fisgoneando en la casa vecina, donde el otro día atisbé a alguien pintando sobre un lienzo.
El Pintor, al pillarme infraganti, me ha hecho un gesto con la mano para que me acercara.
Nos hemos presentado y, muy amablemente, me ha invitado a tomar un té frío.
El Pintor es un anciano, aunque a lo lejos no parecía tan mayor. Es alemán.
Con un acento germano muy peculiar –en una mezcla de castellano y mallorquín- me ha contado que vive en Formentera hace más de tres décadas.
Cuando he sentido la confianza suficiente, le he preguntado si podía ver lo que estaba pintando. No ha tenido ningún inconveniente.
He imaginado que en el lienzo podría encontrarme plasmada cualquier cosa; el mar, el cielo estrellado, algo abstracto, un autorretrato… Lo que no me hubiera imaginado nunca es lo que realmente he visto.
Ahí estaba Mi Hijo conmigo, ambos sentados en el balancín del porche, abrazados, contemplando el mar.
La pintura me ha transmitido una ternura infinita. Tanto, que sin darme cuenta mis lágrimas han salido a flote.
El Pintor dice que disfruta cuando hay inquilinos en la casa vecina. Suelen convertirse en su inspiración.
Me ha conducido a su estudio, dentro de la casa, para enseñarme otros cuadros, en los que aparecen; una pareja de enamorados, niños jugando, una mujer llorando… Y así varias decenas de pinturas realizadas a lo largo de las tres últimas décadas, en las que ha estado aposentado en esa casa.
Ha sido un encuentro muy conmovedor.


Mientras Mi Hijo y Mi Madre se echan la siesta, yo prefiero ir a darme un baño a la playa. Siento que se me escapa el tiempo y lo quiero aprovechar al máximo.
A estas horas el sol pega bien fuerte. La ventaja es que no hay nadie en los alrededores.
Me embadurno bien de protector solar, aunque mi piel ha adquirido en estos días un bronceado espectacular.
A continuación cubro mi cuerpo únicamente con una túnica de gasa.
Camino hasta la playa, son unos cien metros de sol abrasador, me desprendo de la liviana tela y me adentro en ese mar turquesa y sosegado.
Nado, floto, buceo, hasta que me siento cansada.
Casi estoy llegando a la orilla cuando diviso a El Corredor. Él también me ve, se detiene y me saluda con la mano.
¿Ahora qué hago? Porque voy en pelotas.
Decido hacerme la naturista y salgo del agua como si nada, esperando que el tono bronceado de mi rostro no delate el rubor que me abrasa las mejillas.
-Aquí no hay ningún faro.- Le digo, dejándome caer en la arena.
-Se te ha olvidado el traje de baño.- Me dice con una sonrisa de medio lado.
-Y a ti las zapatillas de deporte.
-También se puede correr descalzo.
Entablamos un diálogo de metáforas e indirectas que termina en risas.
-¿Te vienes al agua? Me asusta nadar solo.
-Vale, pero sólo es por verte el culo.
-Yo si llevo bañador.
-Pues que te coma un tiburón.
Se despelota riendo a carcajadas y corriendo se adentra en el agua.
No puedo resistir la tentación de hacer lo mismo. Me refiero a correr hacia el agua, porque despelotada ya estoy.
Es inevitable que al poco rato nuestros cuerpos estén enredados.
-¿Aquí hay medusas?- Le pregunto aferrándome a su cuerpo.
-Estás como una cabra.- Me dice, callándome con un profundo beso.
Mi cuerpo, mi mente  y mi todo se abandonan a esta experiencia marítima tan inesperada como placentera.
Nadamos un rato más, ahora envueltos en un silencio ensordecedor.
-¿En qué piensas?- Rompe el silencio él.
-En que dentro de cuatro días volveré a la realidad.
-¿Y eso es malo?
-Eso es una incógnita para mí. En los últimos años las pesadillas y los dulces sueños se han alternado con demasiada frecuencia.
-¿Y ahora mismo dónde estas?
-En un dulce sueño.
-Si quieres podemos intentar convertirlo en una nueva realidad.
Ya no sé que contestar, siento que el corazón se me para.

lunes, 5 de enero de 2015

60. LA ABADÍA PSICODÉLICA.



Desde que entablé amistad con La Buceadora, quedamos todas las mañanas muy temprano. Vamos juntas a las distintas calas.
Ella se conoce la isla como la palma de su mano.
Mientras una bucea y completa su trabajo, la otra –osea yo- escribe desde la arena.
A medio día hago mis pinitos con el snorkel. Después comemos algo y volvemos cada una a lo nuestro.
De regreso –cada una a su casa-, charlamos de nuestras vidas.
La Buceadora es mayor que yo, ha tenido una vida intensa. Sus puntos de vista sobre cualquier tema son siempre muy edificantes para mí, que voy tomando nota mentalmente.
Las tardes me gusta pasarlas con Mi Hijo y Mi Madre, en la playa o de paseo por los pueblecitos de Formentera.
Al peque le encanta pararse en los puestos hippies. Siempre consigue que me deje engatusar para que le compre algo. Poco a poco se está mimetizando con la isla.
Lo miro y lo veo tan feliz que me derrito.
Algunas noches quedo con La Buceadora. Me he integrado bien en su grupo de amigos. Solemos ir a algún bar de la zona o nos vamos a la playa a montar nuestra propia fiesta.
La otra noche estuvimos en casa de mi nueva amiga. Parece una abadía psicodélica.
No me aburro y me estoy riendo en estos días más que nunca.
Todo el grupo me cautiva…La dulzura de La Rubia –parece un oso amoroso- que se come a besos a El Negro. Él, a su vez, se la come con los ojos. La locura de El Primo –es primo de media Formentera- y su chica, La Princesa de Rizos Negros. El gurú -que es vegetariano pero come bistecs si son de buena calidad- es el más joven y se complementa de maravilla con La Hechicera, ella es una polvorilla. Tampoco me canso de oír las elucubraciones de El Buda, es muy profundo de pensamientos. El Rockero tiene un arte especial para decirte lo que piensa, aunque sea una crítica, de tal modo que te hace reír. Pero si alguien me ha ganado ha sido El Abad –es el más longevo-, y ni siquiera lo digo porque se deleitara con mi guacamole la otra noche, sino por el cariño que transmite a todo el mundo.
Ya me quedan pocos días de vacaciones y sé que voy a echar todo esto mucho de menos.
Casi he terminado mi novela.

Amanda y Ernesto van a ser papás, no obstante su relación no funcionó. Lo de la criatura ha sido un accidente al que ella no ha querido renunciar.
Serafín por fin ha encontrado su camino. Uniéndose a un grupo teatral que hace performances muy extrañas en garitos de toda Europa.
Elvira está organizando una exposición con el proyecto fotográfico de Amanda, cuyo leitmotiv es el chocolate.

Esta mañana prefiero salir sola en busca de mi rincón de escritura.
Me dirijo al faro de La Mola.
Cuando llego hasta allí y situándome muy cerca del acantilado, no puedo evitar acordarme de Curra y su vuelo sin motor.
Me invade una enorme tristeza, por la que me dejo llevar en un llanto bastante purificador.
Con la congoja no escucho los pasos ligeros de alguien que se acerca a la carrera.
-¿No me digas que has vuelto a perder los papeles?
Me giro, y atónita veo a El Corredor.
-¿Has venido corriendo desde Galicia?
Me mira con ojos pícaros. Reímos.
Mientras estira la musculatura –esto parece El eterno retorno de lo mismo de Nietzsche-, hablamos un poco.
Es obvio que le gustan los faros y correr.
Me pregunta por el hecho de que haya viajado de Galicia a Formentera. Le explico el episodio de la naranja y como tuve que interrumpir mis vacaciones por motivos laborales.
El Corredor se lamenta sinceramente.
Yo le devuelvo la pregunta.
Me cuenta que su abuelo era farero. Cuando él era un niño, le contaba historias de su oficio. 
Historias de barcos varados, naufragios y rescates. De noches de tormenta y soledad.
Hace unos años que decidió comenzar sus visitas a los faros, aprovechando sus periodos vacacionales. No cree que consiga ver todos los que hay en el mundo.
Se ha pasado la mañana y no he escrito nada. Es la hora de volver a casa, yo lo haré en bicicleta y El Corredor va a retomar su carrera.
-No me importa que me persigas.- Le digo antes de despedirnos.
-Ni a mí que estés esperándome en la meta.

lunes, 29 de diciembre de 2014

59. EL FLASH.


En nuestro tercer día en Formentera ya hemos visto prácticamente toda la isla, por lo menos grosso modo.
Veinte kilómetros de una punta a otra tampoco requieren mucho más tiempo.
En la playa a la que accedemos desde la casa, solemos coincidir siempre las mismas ocho o diez personas. Por suerte, entre ese reducido número se encuentran un niño y una niña con edades aproximadas a la de Mi Hijo.
Por otra parte –y doblando la fortuna-, también solemos coincidir con otra señora muy agradable. Abuela, a su vez, de uno de los niños.
Por ello cuando cojo mis útiles de escritura y me pierdo para inspirarme, lo  hago con la tranquilidad de saber que durante esas horas Mi Hijo y  Mi Madre se están divirtiendo.
Entones es cuando yo aprovecho para buscar playas más recónditas, rincones perdidos en los que no tropezarme con nadie y lograr concentrarme.
Al final no cambié el rumbo de la novela, seguí por donde iba.

Amanda ya le ha hecho alguna que otra tarta de chocolate a su vecino  Ernesto. Y éste, a su vez, ha sabido agradecérselo.
Entre tarta y tarta, alguna que otra desdicha cómica le sucede a Amanda. Hay que seguir una trama que mantenga al lector expectante.
Serafín, por su parte, se ha convertido en un lastre para ella. No la deja ni a sol ni a sombra, tras su ruptura con Ramón.
No sabe vivir solo.”

En San Ferrán me compré lo necesario para hacer snorkel.
Hoy he decidido practicarlo en Es Caló des Mort. Para llegar a allí he conseguido una bicicleta, aunque  encontrar el lugar no ha sido sencillo. He tenido que preguntar varias veces a algún isleño hasta dar con la cala.
Aparentemente no hay nadie. El mar está tan tranquilo que parece una postal irreal en la que adentrarse.
Me encanta deslizarme sobre las praderas de posidonia, tan largas y oscilantes por los movimientos de las olas.
Es sorprendente nadar al lado de sargos, meros o dentones.
Entre las rocas contemplo maravillada el color y el brillo de los tomates de mar, las mullidas esponjas, las afiladas púas de los negros erizos
De repente una luz me ciega y emerjo.
Resulta que no estoy sola, hay un buzo haciendo fotos.
Por lo menos esta vez llevaba puesto el bikini.
Nado hasta la orilla, me siento en la arena blanca y observo el agua cristalina, esperando ver asomar a ese paparazzi marino. Me puede la curiosidad.
Casi me dispongo a regresar a mi bicicleta, aburrida por la espera, cuando el buzo sale a la superficie.
Hay sitio al que ir, pero viene hacia mí.
Sale de espaldas para no tropezar con las aletas. Como siguiendo un ritual, se va quitando el equipo. Empieza por la boquilla del regulador, luego las gafas, sigue descolgándose la botella de oxígeno de la espalda, se desabrocha y deja caer al suelo el cinturón con la pesa…Yo observo fijamente sin pudor. Estoy perdiendo la educación.
-¿Te he asustado con el flash de mi cámara?
-No, que va. Sólo me deslumbró.- Le contesto sin dejar de observarla. Es una mujer.
-Creo que mi objetivo te ha captado. Te metiste de lleno en el plano.- Sonríe de medio lado mientras me habla. -¿Echamos un vistazo? Es la ventaja de la era digital, no hay que esperar a revelar las fotos. ¡Si, aquí estás! –Me dice acercándome la cámara, para que pueda ver la foto.
Salgo tocando una estrella de mar. A pesar de las gafas de bucear y el tubo en la boca, la imagen no está mal.
A propósito de la foto, entablamos conversación.
Se nos va un buen rato en la charla.
La Buceadora está en Formentera desde hace unas semanas, suele venir cada cierto tiempo. Es bióloga marina y está terminando un trabajo sobre el impacto del cambio climático en las especies de la isla.
Antes de regresar, ella me anima a que quedemos para salir por la noche, me presentará a sus amigos.
No rechazo la oferta, estará bien hacer un poco de vida social.

lunes, 22 de diciembre de 2014

58. LA ISLA

Me costó que Mi Hijo aceptara subirse al tren sin Curra. Lo convencí diciéndole que seguramente aparecería, y cuando lo hiciera, los vecinos de la zona me avisarían. Entonces regresaríamos a por ella.
A veces, las series simplonas de Disney Chanel sirven de algo. Mi Hijo dijo que sería como en ese capítulo de "Mi perro tiene un blog", en el cual el cánido se pierde en el bosque para finalmente aparecer.
Una vez de vuelta en el trabajo, el contratiempo se resuelve en un par de días.
Aun puedo retomar mis merecidas vacaciones.
Ya no me apetece ir al norte, mejor nos vamos a una isla…Formentera.
Quisiera caerme por un agujero de los que menciona Lorenzo en la película "Lucía y el sexo". Yo también quiero vivir un cuento lleno de ventajas.

A pesar de lo arrebatado de la búsqueda, tengo la tremenda suerte de encontrar una casa para alquilar.
Esta vez, los tres nos vamos en avión hasta Ibiza, y desde allí tomamos un Ferry hasta Formentera.
Al llegar a la pequeña isla, alquilo un coche. Nuestro destino es Playa Migjorn.
La casa es preciosa, tiene la fachada blanquísima, los postigos y contraventanas son de madera tintada de azul.
Repetimos el ritual de elegir habitación, hay más donde escoger esta vez.
La mía es enorme, muy luminosa, con un balcón adornado de geranios que cuelgan de maceteros sujetos a la baranda de hierro.
Mi Madre y Mi Hijo quieren descansar. Yo sólo quiero perderme en esa inmensa playa de arenas blancas, aguas cristalinas y fondo turquesa.
No me molesto en deshacer mi maleta para buscar el bikini.

No hay nadie en la playa. Lo he comprobado desde la enorme terraza. Tiene vistas a la costa norte, a la costa sur y hasta se divisa el faro de La Mola.
El agua es cálida y tranquila. Nado desnuda con ritmo pausado.
Tengo la sensación de que la negatividad de estos días abandona mi cuerpo.
Los peces nadan cerca de mí sin inmutarse por mi presencia.
Tengo que hacerme con unas gafas de bucear y unas aletas. Aquí hay mucho para contemplar.
Cuando empiezo a cansarme me dirijo a la orilla, el sol está cayendo, por lo que no me preocupa mucho haber prescindido de cualquier protección solar.
Tumbada en la arena, la brisa atenúa el calor sobre mi cuerpo mojado, que se seca rápidamente, notando así el salitre adherido a mi piel.
Con los ojos cerrados y escuchando el rumor del mar, sintiéndome balanceada por las olas, a pesar de estar en tierra firme, pienso en mi novela.
Aunque a El Editor le gustara lo que llevaba escrito hasta ahora, decido arriesgar y dar un giro a la historia.
Reescribiré desde el principio.

“Será Amanda la que deje a Serafín. Nada de lloriqueos ni abatimientos. Que sufra el hombre esta vez.
Serafín se refugiará en el amigo y Amanda será una mala pécora, decidida a explotar sus encantos para después tratar con desdén a todo aquel que caiga en su red.
Elvira será la amiga sensata, que intentará reconducirla por el buen camino, sin mucho éxito…”

Creo que el sol recalienta demasiado mi cabeza, será mejor volver y dejar lo de la novela para mañana.
Así que me visto y regreso.
La casa me recibe con el frescor de las masías de muro grueso.
En el salón hay una pequeña biblioteca y la cocina está conectada con el porche.
Los alrededores están delimitados por eucaliptos y palmeras.
Muy cerquita hay otra casa, me acerco un poco para fisgar. Puedo ver la silueta de alguien que parece estar pintando sobre un lienzo…
-¡Mamá! Dice la abuela que vengas a merendar.- Vocifera Mi Hijo.
-Dile que ya voy, cielo. Dile que ya voy.