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lunes, 10 de marzo de 2014

17. AMENAZAS Y MENTIRAS. Primera Parte.



Como ya conté, después de que El Contrario recibiera la notificación de la demanda, comenzó la tempestad.

El Contrario me amenaza –unas veces- con que va a denunciarme si no le doy las llaves del coche que yo conduzco –y otras- con que va a denunciarme porque le debo no sé cuántos miles de euros por las cuotas de préstamo personal que tenemos en común. El que contratamos para pagar el coche que él y La del Quinto conducen. Bueno... en realidad, para pagar el coche que El Contrario cambió por el que –ahora- él y La del Quinto conducen.

Si, eso es. El mismo préstamo que él se comprometió a seguir pagando solo, cuando nos separamos.

¡Ufff! Entiendo al lector. Yo también me canso de tanto enredo.

Otra de sus amenazas favoritas es decirme que, como sabe que no le van a conceder la custodia compartida -ya que no es viable por la distancia-, pedirá la custodia exclusiva. Porque como él se va a casar –con La del Quinto- tiene muchas posibilidades de conseguirlo. Dice, que entonces si me voy a alegrar de haber ido a juicio.

Las amenazas son porque quiere que quite la demanda, pero va a ser que no.

Tanta amenaza empieza a preocuparme. Sé que la razón está de mi lado, pero nadie tiene la patente de la verdad absoluta y menos cuando son terceras personas quienes tendrán que valorar la información y tomar una decisión al respecto.

Por lo pronto me he puesto a buscar toda la documentación que me pudiera ser de utilidad para defenderme de sus posibles denuncias, que no demandas.

Ha sido entonces cuando he encontrado la documentación de otro préstamo personal, esta vez contratado exclusivamente por El Contrario. Lo solicitó para el supuesto cambio pelo a pelo del coche que él -y La del Quinto- conducen ahora, y que cambió por el que tampoco era un BMW. (Tres tristes tigres comían en un trigal....).
Me he cabreado y mucho. Que ¿por qué? Pues porque en esa fecha estábamos juntos y me mintió. Si, ahora ya sé que eso no es ninguna novedad. Pero yo creía que nuestra economía era conjunta. Pues no, dado que él pagaba -y paga- un préstamo del que yo no sabía nada, con un dinero que yo ni sabía que existía.
Que nadie se equivoque, no es por el dinero, es por la mentira.

A medida que las mentiras van saliendo a la luz, me siento más imbécil.

Y todavía pretende que pague la mitad del préstamo de un coche que ni existe.

Si saco cuentas...27.000 euros de coche que cambió, más 10.000 euros del préstamo escondido, son 37.000 euros de coche. Del cual entre los dos pagamos 10.000 euros en efectivo y más de 4.000 euros en cuotas de préstamo hasta que él decidió dejar nuestra relación. ¡Y ni siquiera es un puto BMW!
Ahora dice que me quede yo con el coche nuevo - y con la deuda, claro-, que él no lo quiere, que prefiere quedarse con el coche viejo.

Definitivamente vivimos en dimensiones diferentes, la suya es la de Los mundos de Yupi y la mía la de la jodida realidad.

Para colmo, cuando he llegado a casa después del trabajo y me he puesto a organizar la ropa limpia, he notado algo raro en las estanterías de mi habitación...

lunes, 10 de febrero de 2014

13. LOS COCHES

Cuando conocí a El Contrario, él tenía un coche. Yo no tenía ni carné de conducir.
Al poco de empezar nuestra convivencia El Contrario tuvo un accidente cuando regresaba del trabajo a casa.
No hay nada más emocionante que adelantar a cuatro o cinco coches -circulando por casco urbano- para situarse el primero de una fila de vehículos que esperan a que el semáforo cambie a color verde. 
O sí, porque la emoción es mayor si -en plena aceleración- uno de los coches se sale de la fila para tomar la calle de la izquierda.
Por suerte, sólo se hizo un esguince cervical, peor parado resultó su coche, que quedó siniestro total.
Una vez rehabilitado El Contrario, nos compramos un coche nuevo, que pusimos a su nombre, pues era él quien lo iba a conducir.
Pasados unos años, cuando vendimos el primer piso y pletóricos por la ganancia obtenida -ya se reiría Hacienda de nosotros años después- terminamos de pagar el coche y decidimos que yo me sacaría el carné de conducir.
Antes de examinarme para obtener el permiso El Contrario ya estaba trayendo a casa catálogos de BMW.
-No necesitamos un BMW serie 1 si estamos intentando tener otro hijo- decía yo.
-Es un coche muy amplio.- Decía El Contrario.
-No podemos permitirnos un coche tan caro.- Yo.
-No es tan caro.- Él.
Como no pasé por el aro del BMW, compramos otro que costaba lo mismo -o más que el BMW-, pues tenía; asientos de piel calefactables, cámara de visión trasera, GPS incorporado con pantalla táctil y mil extras más.
Lo pusimos a su nombre, porque lo iba a conducir él. Y yo -con el carné recién sacado-, conduciría el otro que ya tenía unos años.
Eso si, el préstamo -y lo que pagamos al contado- a nombre y cargo de los dos.
Como no era un BMW, no habiendo pasado ni un año de la compra del coche de los mil extras, El Contrario me dijo que le habían ofrecido cambiar el coche que él conducía por otro nuevo a estrenar, que además de tener los mismos extras, también era; automático, híbrido, más grande y contaba con un sistema que permitía que el vehículo aparcara solo.
-¿Y te lo cambian por el otro, sin tener que poner más dinero?- Le pregunté yo, algo escéptica.
-Si. Pelo a pelo.- Me aseguró El Contrario.
-¿Seguro?- Volví a preguntarle yo.
-Seguro. Pelo a pelo.- Me volvió a asegurar él.
Y como siempre había tenido confianza ciega en él -ja-, di el visto bueno y se hizo el cambio.
El día en que El Contrario me dio puerta definitivamente, llegamos a un acuerdo -verbal-, respecto a los coches.
Yo me quedaba con el coche viejo, que entonces ya tenía ocho años, ciento treinta mil kilómetros y estaba pagado. Comprometiéndome, eso sí, a sufragar a partir de ese momento todos los gastos inherentes al mismo (seguro, impuesto de circulación, gastos de pasar la ITV, mantenimiento y reparaciones que pronto le harían falta).
El Contrario se quedaba con el coche nuevo, del cual -entre dinero en efectivo y cuotas vencidas del préstamo- se había pagado casi lo mismo que del coche que me quedaba yo. La diferencia se compensaba con que mi coche; era mucho más viejo, tenía un montón de kilómetros, pagaba impuesto de circulación, ITV periódica, consumía más combustible, necesitaba más mantenimiento y -en breve- cambio de ruedas. Él se comprometía a seguir pagando solito -a partir de ese momento- las cuotas que restaban del préstamo, su seguro y resto de gastos propios del uso de ese coche.
Ahora sé que estas cosas se ponen por escrito, que se ha de transferir sin demora la titularidad del vehículo y que las palabras se las lleva el viento.
Sobre todo las palabras de quien no tiene palabra...