Creo
que en alguna ocasión he mencionado o he dejado entrever que soy atea por la
gracia de Dios.
Lo
soy desde que tengo uso de razón y no
hace tanto de eso. Más de veinticinco años tampoco es tanto, creo.
La cuestión es que ya de pequeña tenía las ideas más o menos claras, así que cuando llegó el momento de hacer mi Primera Comunión dije que ni hablar.
La cuestión es que ya de pequeña tenía las ideas más o menos claras, así que cuando llegó el momento de hacer mi Primera Comunión dije que ni hablar.
Siempre
fui un poco salvaje y lo del vestidito blanco con los zapatitos a juego nunca fue
lo mío.
Pero
la negativa me duró poco después de haber asistido a la celebración de la Primera Comunión de un vecino
de mi calle, al que colmaron de regalos a cambio de vestirse de príncipe y
hacer el paripé un rato.
Debo
decir que el resultado no fue equiparable en mi caso, pero si hago balance
también valió la pena.
La
cuestión es que Nuestro Hijo ha
elegido hacer la Primera Comunión.
En parte por los mismos motivos que en su día tuve yo, y en parte por la
influencia del entorno.
Teniendo
en cuenta la confusión mental que el niño lleva estos últimos tres años,
creo que será bueno para él darle algo de protagonismo del que –por las
circunstancias- se ha visto privado.
Aunque parte de ese "algo de protagonismo" ya le ha sido negado desde el momento en que se fijó el bodorrio justo un mes antes de la Primera Comunión del chiquillo.
Aunque parte de ese "algo de protagonismo" ya le ha sido negado desde el momento en que se fijó el bodorrio justo un mes antes de la Primera Comunión del chiquillo.
Digo
esto por los familiares que no podrán asistir debido a la distancia -ya que se
desplazaron para las nupcias-, y por aquellos regalos que menguarán o
directamente no existirán porque hay que reponerse económicamente de lo
anterior.
Por
la parte que me toca, tengo claro que la celebración de la Primera Comunión de Nuestro Hijo será modesta, mis invitados
se pagarán su cubierto porque así me lo han ofrecido. En cuanto a la
vestimenta, Mi Madre le regalará el
traje al niño. Los accesorios, así como los zapatos, serán prestados. De oros
nada, que ya los vendí.
El
lugar del banquete va a ser un establecimiento de esos donde se celebran
cumpleaños y fiestas infantiles, con colchonetas hinchables y bolera. Es decir,
económico a la par que divertido. De hecho Nuestro
Hijo está encantado con la idea.
El Contrario sólo tiene que hacer frente al cubierto de sus
invitados.Aunque no por ello iba a faltar el sms de rigor. “Ya me he enterado de donde quieres celebrar la Comunión de Nuestro Hijo, esta vez te has pasado. Ya me encargo yo de buscar un sitio adecuado para que Nuestro Hijo sea el niño más feliz ese día”.
Hay que decir que a falta de unas semanas para la Primera Comunión del pequeño aun no se ha molestado en preguntar si el niño necesita, aunque sean, unos calcetines para ese día. Como dato diré que, sólo el hecho de que al niño le metan en la boca El Cuerpo de Cristo cuesta setenta euros. Nadie me obliga, lo sé.
Felizmente todo ha salido bien, El Contrario y yo nos hemos sentado juntitos en primera fila, al ladito del sacerdote –los asientos estaban asignados-.
Lo
de estar cerquita del sacerdote no es moco de pavo, porque es joven y está de
toma pan y moja. Cosa que me ha provocado dulces sueños en más de una ocasión,
después de acompañar al niño a misa infantil los domingos en este último año.
Nuestro Hijo ha estado guapísimo, encabezando la fila de
comulgantes.
Llegado el momento, El Contrario me ha negado La Paz. Y es que La delQuinto era la encargada de portar su carísima cámara de fotos, supongo que
le preocupaba que inmortalizara con ella el más mínimo roce de cortesía entre
nosotros, por mucho que fuera el día de Nuestro
Hijo y se lo mereciera por su atenta mirada.Finalmente fuimos a celebrarlo a la bolera. El niño se lo ha pasado bomba, no se le ha borrado la sonrisa de la cara ni un segundo. Con eso me quedo yo, otro en cambio ha preferido quedarse con alguno de sus regalos.
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